El faro

Post-005

“Agradece a la llama su luz, pero no olvides el pie del candil que, constante y paciente, la sostiene en la sombra” Rabindranath Tagore

De pronto me desperté, y ya no era una persona, sino un faro que coronaba cierto montículo.

Reinaba una noche cerrada y perpetua.

Hombres y mujeres subían arrastrándose por la ladera; llegaban a mí, me arrancaban un pedazo de luz y se iban, inmensamente felices, sin darme siquiera las gracias.

No se percataban de que aquel pedazo de luz era un pedazo de mi alma; no comprendían que con aquel acto generaban un hilo de dependencia, cuya tensión debía soportar yo, como dueño legítimo del trozo de ser que habían arrebatado.

Pronto se corrió la voz: “¡En lo alto del montículo hay un faro del que puedes desgajar un pedazo de luz con el que iluminarte!” “¡Ya no hace falta que utilicemos nuestras propias antorchas!”

Y más y más gente llegaba arrastrándose, y más y más manos me arrebataban pedazos de luz, creando más y más hilos de dependencia que me oprimían hasta cortarme la respiración, lacerar mi carne y hacerme sangrar.

Pensé en estallar y en esparcir por el montículo millones de astillas incandescentes que hirieran y mutilasen a los ladrones de luz; pero finalmente decidí enfriarme por dentro, apagándome lentamente, con el ánimo de que recapacitaran las muchas personas que me habían desgajado el alma.

Ahora estoy solo, a oscuras. Nadie comparte conmigo su antorcha. Nadie sube al montículo.

(Foto de EvgeniT)

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